EN BUSCA DE UN CIERTA CONCEPCIÓN DEL PODER, PARTE I
La política como instrumento al servicio de los ciudadanos o la política como un juego de poder sin más finalidad que la supervivencia. Jed Bartlet o Frank Underwood. El Ala Oeste o House of Cards.
Martin Sheen representa en El Ala Oeste a Joshia "Jed" Bartlet, presidente ficticio de los EEUU, un personaje de envidiable integridad moral, un hombre de Estado al que no le faltan conocimientos técnicos sobre economía, un conciliador nato, un líder carismático y elocuente. Imaginen su político ideal y no lo duden, se parecerá demasiado a Jed Bartlet.
Martin Sheen representa en El Ala Oeste a Joshia "Jed" Bartlet, presidente ficticio de los EEUU, un personaje de envidiable integridad moral, un hombre de Estado al que no le faltan conocimientos técnicos sobre economía, un conciliador nato, un líder carismático y elocuente. Imaginen su político ideal y no lo duden, se parecerá demasiado a Jed Bartlet.
Por su parte, Kevin Spacey encarnó en House of Cards al cínico Frank Underwood, todo un animal político, el superviviente por antonomasia. Underwood es un ser despiadado, un individuo que asciende a las altas esferas del Estado gracias al juego sucio, la difamación, las amenazas. Es ante todo una metáfora exagerada de todo eso que hemos venido a conocer por el adjetivo de maquiavélico.
Observamos claramente dos visiones opuestas del ejercicio político. Y es esto lo que me gustaría tratar: ese enfrentamiento teórico y práctico de dos maneras de entender el poder, contradictorias y enfrentadas y, que sin embargo, por extraño que parezca, deben complementarse.
En la idealista visión que nos ofrece Aaron Sorkin en El Ala Oeste de la Casa Blanca, encontramos todas las razones por las cuales merece la pena sacrificar la vida por el servicio público. La serie se resume en una frase que los personajes y, en especial Jed Bartlet, entonan en más de una ocasión: "Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos serios y comprometidos pueden cambiar el mundo". La frase original pertenece a la antropóloga estadounidense Margaret Mead y es algo más larga. Debemos añadir al final: "De hecho, es la única cosa que lo ha hecho". Aaron Sorkin, que había trabajado en la administración Clinton durante los años 1990, nos construye un relato profundamente idealista, una hermosa y audaz epopeya basada en los valores y máximas del liberalismo, el pensamiento ilustrado y la mentalidad progresista.
Es fácil caer rendido ante los diálogos y la buena escenografía de El Ala Oeste, las tramas perfectamente construidas y la cuidada recreación del día a día en la Casa Blanca. Sin embargo, la serie nos deja un trasfondo agridulce: nos gustaría creer que los servidores públicos y los políticos trabajan y piensan de este modo, que son hombres y mujeres inteligentes, entregados en cuerpo y alma a su país, sin más pretensiones particulares que las de ofrecer un futuro mejor a sus ciudadanos. Pero en el fondo de nuestro corazón sabemos que no es así.
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| Martin Sheen en el papel de Jed Bartlet, presidente de EEUU en "El Ala Oeste" |
Entonces, consideramos volver a la realidad y lo hacemos de la mano de Frank Underwood, el político sin escrúpulos, el cinismo, el poder solo como un forma de alcanzar más poder. Hay tantos personajes que se nos podrían venir a la cabeza al pensar en esta forma de hacer política: desde el mordaz Talleyrand hasta el gris Dick Cheney, desde el frío cáculo de Giulio Andreotti hasta las infames escuchas de Richard Nixon. Frank Underwood representa ese tipo de individuo: un antihéroe que, a su manera, nos acaba pareciendo atractivo. Es el mismo atractivo que nos impulsa a empatizar con los protagonistas de las películas de mafiosos. Sabemos que sus motivos y sus acciones son absoluta y totalmente reprochables, que no son un ejemplo a seguir, que están fuera de todo lo que consideramos correcto. Pero nos dejamos llevar por su inteligencia, por sus maquinaciones entre bastidores, por sus planes fríamente calculados.
Ambos personajes funcionan así como tipos ideales, modelos básicos y prototípicos de dos visiones del ejercicio político. Bartlet y Underwood no son más que el símbolo de dos grandes corrientes que han alimentado desde tiempos inmemoriales los libros de teoría política, los manuales de buen gobierno, los debates. También forman parte de nuestros propios prejuicios y contradicciones: desconfiamos de los políticos, en todos ellos vemos a un Frank Underwood -y el populismo, por otra parte, sabe alimentar esta desconfianza al grito de "todos son iguales"-, pero a la vez confiamos en el sistema, quizás impulsados por un cierto idealismo considerando que, al menos, los "nuestros" lo sacrificarán todo para darnos un futuro mejor.
En medio de esa desconfianza es fácil caer en la tentación. Nos gusta pensar que el político hará mejor su labor si si se trata de alguien bien preparado, que haya demostrado una buena capacidad de gestión, de negociación. Se trata de alguien a quien además se le presume un alto estándar moral. Este razonamiento enlaza diversas teorías políticas desde Platón y el gobierno de los filósofos hasta los postulados de la tecnocracia. Tienen su validez y su utilidad, pero como tantas otras cosas, la realidad es más compleja.
Durante años de la presidencia de John F. Kennedy, a principios de los sesenta, llegaron a la Casa Blanca algunos de los hombres más brillantes del país, convirtiendo Washington en una suerte de nuevo Camelot. Empezando por el propio presidente, se trataba de un grupo de jóvenes bien educados, comprometidos y que habían demostrado una gran capacidad de gestión. No venían exclusivamente del sector público y de los cuadros del Partido Demócrata, sino que se integraron también miembros provenientes del sector privado. Se trataba de una brisa de aire fresco: podemos verlos en las fotos trabajando sin descanso, con la chaqueta quitada, las corbatas algo sueltas y la camisa arremangada. Jóvenes, ambiciosos y dinámicos quedaron para la historia como "the best and the brightest".
Nadie representa a esta generación como Robert S. McNamara, secretario de Defensa entre 1961 y 1968: un hombre inteligentísimo, graduado en Berkeley y post graduado en Harvard; oficial durante la II Guerra Mundial, ex presidente de la Ford... Era uno de aquellos "Whiz Kids" que revolucionaron la empresa automovilística a mediados de los cincuenta. ¿Quién mejor que Bob McNamara para llevar las riendas de la defensa estadounidense?
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| Lyndon B. Johson, presidente de los EEUU (1963-1969) junto al secretario de Defensa, Robert S. McNamara (fuente: Voltairenet.org) |
Sin embargo, poco de esto importa. Piensen en McNamara y solo una palabra les vendrá a la cabeza: Vietnam. Ni él ni ninguno de los brillantes miembros de aquella administración fueron capaces de evitar una de las tragedias más importantes del siglo XX, una guerra que dejó tras de sí un reguero de sangre difícil de olvidar, escenas de un crueldad abominable, el napalm destruyendo la selva y las aldeas vietnamitas sumidas en un horror de fuego y muerte. Los EEUU no eran capaces de imponerse a los comunistas de Vietnam del Norte y, a medida que pasaban los años, la evidente derrota y la falta de transparencia del gobierno provocaron una explosión social. El país quedó dividido; la opinión pública se polarizó, se mezclaron las luchas por los derechos civiles con la brecha generacional y esta con las protestas por la paz y el desarme nuclear. De este gran caos solo quedaron miles de estadounidenses enviados a un lugar lejano, miles de cuerpos sin vida que llegaban en los aviones envueltos en la bandera y, sobre todo, un país, Vietnam, sumido en el más terrible de los infiernos.
Nos preguntaremos por qué. También lo hizo, no podía ser de otro modo, el propio McNamara. En su impresionante libro, En retrospectiva (Times Books, 1995), el ex secretario relata con humildad y un profundo sentido de la responsabilidad los errores que desencadenaron tal catástrofe. La obra comienza con una declaración fundamental:
Mis colegas en las administraciones Kennedy y Johnson fueron un grupo excepcional: jóvenes, vigorosos, inteligentes, bien intencionados, servidores patrióticos de los Estados Unidos. ¿Cómo pudo este grupo -"los mejores y los más brillantes" [...]- equivocarse tanto en Vietnam?
Esta es una pregunta que puede dar alas a intensos debates. Dejando de lado las causas de la guerra de Vietnam, que en este momento no nos interesan, sí me gustaría que usáramos este ejemplo para mostrar las carencias de los postulados más idealistas -esos mismos que encontramos con tanta frecuencia en El Ala Oeste- y de las teorías tecnocráticas. El gobierno de los mejores puede no ser necesariamente el mejor gobierno.
El ejercicio del poder es algo más complejo que el simple conocimiento técnico, la capacidad de gestión y las buenas intenciones. En otras palabras, las teorías más idealistas y tecnocráticas ignoran dos factores fundamentales que influyen en el desarrollo de la labor política. Uno es evidente y no solo es aplicable a la esfera del poder, está presente en cualquier circunstancia de la vida: se trata del azar, la suerte. Los clásicos lo identificaban con la diosa Fortuna. Aunque sea evidente y no sea específico del ejercicio político, no por ello debemos menospreciarlo. Es un factor difícilmente cuantificable, quizás por ello queda fuera de tantos análisis científicos. En cualquier caso, es un factor siempre determinante. Quizás, si McNamara y Lyndon Johnson hubieran tenido la suerte de su lado, hoy sería recordados como héroes americanos, liberadores del pueblo vietnamita. Quizás si el general Desaix nunca hubiera escuchado los cañones de Marengo, el cónsul Bonaparte habría caído esa misma tarde en la llanura italiana, desprovisto de refuerzos, superado por el ejército austriaco y nunca hubiera llegado a ser el emperador Napoleón que todos conocemos. Lo mismo se aplica a la famosa anécdota del soldado que le perdonó la vida a un joven Adolf Hitler en las trincheras de la Gran Guerra. Podríamos seguir así, ad absurdum, mencionando ejemplos de pequeños y grandes golpes de suerte que podrían haber cambiado el curso histórico de los acontecimientos.
De todos modos, dejaremos la suerte de lado a la hora de analizar las carencias del idealismo en la política. Si adjudicáramos únicamente al azar todos los desastres, no podríamos entender ni mejorar nada. Además sería imposible realizar un correcto ejercicio de asunción de responsabilidades, tan fundamental en la democracia. Sería casi el equivalente de la intervención divina, se podría justificar cualquier error, cualquier catástrofe simplemente diciendo: ha sido el azar o Dios lo ha querido así.
Hay algo entonces que estamos pasando por alto. Debemos retrotraernos a la Guerra del Peloponeso, explicada por Tucídices, a El príncipe de Nicolás Maquiavelo, al colosal Leviatán de Thomas Hobbes. Todas estas obras analizan la política dejando de lado las consideraciones morales, buscan entender cuáles son las lógicas del poder y del comportamiento humano en un ambiente de guerra y conflicto. No se hacen ilusiones ni con la naturaleza de los hombres ni con lo que se puede esperar de ellos. No se pretende explicar una situación ideal. Nos muestran las relaciones humanas al desnudo y pretenden tan solo ofrecer unas pautas que puedan servir para encauzar el comportamiento sin necesidad de establecer una suerte de utopía.
El realismo político entiende la política como un actividad desprovista de cualquier consideración moral. La esfera del poder es autónoma con respecto a otras esferas. La política es entendida como un actividad que se debe a sí misma.
El realismo político entiende la política como un actividad desprovista de cualquier consideración moral. La esfera del poder es autónoma con respecto a otras esferas. La política es entendida como un actividad que se debe a sí misma.
Edward H. Carr, uno de los fundadores de la doctrina del realismo político en las relaciones internacionales, analizaba con agudeza las causas de la II Guerra Mundial y confrontaba las posiciones de Winston Churchill y Neville Chamberlain con respecto a Hitler en los años previos al conflicto. Por muy bien intencionado y moralmente intachable que fuera Chamberlain, quien, en la Conferencia de Múnich, buscó de forma sincera la paz y evitar con ella un derramamiento de sangre igual o peor que el de 1914, el resultado de sus negociaciones se demuestra a todas luces como un fracaso. Por su parte, Churchill, por muy legendaria que su figura nos pueda parecer hoy, era un político mucho más cuestionable desde un punto de vista moral, un tipo recordado por el desastre de Galípoli, un parlamentario tan elocuente como cínico. Y, sin embargo, entendió como ninguno el desafío que el nazismo planteaba a los intereses del Imperio Británico e, independientemente de consideraciones morales, sus decisiones políticas salvaron la integridad de Gran Bretaña y le permitieron, en último término, derrotar a Alemania. Sí, tuvo quizás suerte al frenar la invasión de 1940 gracias a la heroica lucha de la RAF. Pero bueno, hasta el propio Maquiavelo reconoce que el príncipe, para gobernar bien, debe tener siempre a la Fortuna de su lado.
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| Edward Hallett Carr, uno de los princiapales historidores y teóricos del siglo XX |
Desde Neville Chamberlain a Woodrow Wilson, pasando por Manuel Azaña o Salvador Allende, la historia está llena de hombres de gran talento y altos estándares morales que han sido arrastrados por su propio idealismo. Por otro lado, encontramos personajes que, pudiendo ser más cuestionados por sus principios y por sus acciones, han sabido gobernar mejor el barco: desde Churchill a Fidel Castro, pasando por François Mitterrand o el inquebrantable cardenal Richelieu.
No obstante, el razonamiento de Carr y la adopción de un pensamiento puramente realista nos puede llevar a conclusiones peligrosas. Entonces, si el conocimiento técnico y el mérito son inútiles, si no hay principios en la política, si no vale de nada la persecución de un ideal, ¿estamos condenados a ser gobernados por animales políticos que no entienden más que el poder por el poder? Es decir, un tipo tan cuestionable como Frank Underwood, ¿podría ofrecernos mejores resultados que los de "los mejores y los más brillantes"? Esta sería una conclusión demasiado triste, incluso, diría, cínica.
No obstante, el razonamiento de Carr y la adopción de un pensamiento puramente realista nos puede llevar a conclusiones peligrosas. Entonces, si el conocimiento técnico y el mérito son inútiles, si no hay principios en la política, si no vale de nada la persecución de un ideal, ¿estamos condenados a ser gobernados por animales políticos que no entienden más que el poder por el poder? Es decir, un tipo tan cuestionable como Frank Underwood, ¿podría ofrecernos mejores resultados que los de "los mejores y los más brillantes"? Esta sería una conclusión demasiado triste, incluso, diría, cínica.
Y aquí radica el problema fundamental: cómo podemos encontrar un punto de encuentro entre dos doctrinas tan enfrentadas como necesarias para gobernar un país. No es fácil responder a esta pregunta. Exige más espacio y más tiempo del que estoy dispuesto a pedirles por el momento. Por ello, prefiero dejar este artículo en el "continuará" con el que acaban algunos episodios de tantas series televisivas...



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