TRES CUADROS DE DAVID Y UN RECUERDO DE ROMA
Si la felicidad fuese una sala de museo, la mía sería la sala 75 del Ala Denon del Louvre. Es allí donde se encuentran algunos de los cuadros monumentales que David pintó antes, durante y después de la Revolución, a saber, La Coronación de Napoleón, el Juramento de los Horacios y el Rapto de las Sabinas. Hay pocos pintores que hagan brillar el metal de los escudos, los mantos blancos de las togas, el mármol de las paredes como lo hace David. Hay pocos que compongan sus cuadros con tanta elegancia, con tanto sentido de la proporción. La quintaesencia del neoclasicismo, sí señor.
Con la excepción de un cuadro, Napoleón cruzando los Alpes, que no está en París, sino en el Belvedere de Viena, de Jacques-Louis David me quedo con los Horacios. Quizás es porque estoy en Roma, quizás es por la famosa Historia de Indro Montanelli, pero estos últimos días he pensado bastante en este cuadro. No hay desgraciadamente foto que le haga justicia. Hay que verlo en el Louvre para entender de lo que hablo: de ese brillo de las espadas, de esa mano que con firmeza se aferra al torso de uno de los hermanos, de los pliegues de las capas, de las tremendas diagonales que cruzan de esquina a esquina hasta el centro del cuadro.
De toda la pintura de aquellos años, quizás no hay ninguna que hayamos ligado tanto a la Revolución como este Juramento de David (excluyo por supuesto la Libertad guiando al Pueblo de Delacroix, que hace referencia a revoluciones posteriores). Y, sin embargo es previo a los sucesos de 1789. El cuadro es cinco años anterior a otro juramento igualmente famoso (el del Jeu de Paume) y pintado por encargo del Rey. Irónico, ciertamente.
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| El Juramento de los Horacios (Musée du Louvre, París) |
David parece un profeta o un adivino. Es un hombre de su tiempo y, su pintura, el reflejo del espíritu de una época. En el Juramento, David declara su devoción republicana. El cuadro, no podía ser de otro modo, lo convirtió en uno de los pintores más famosos de París. El mito en el que se basa su pintura se ajusta perfectamente al imaginario ilustrado, republicano, revolucionario que llenaba París y que más tarde quedaría representado por el club jacobino. La historia de los Horacios es bien conocida: en los albores de la fundación, la aún pequeña ciudad de Roma se encuentra amenazada por otros pueblos vecinos. Entre ellos, el más poderoso es el de Alba Longa, al sur, en esas estribaciones montañosas tan ricas en vino que hoy reciben el nombre de Castelli Romani. Para resolver el conflicto, se decidió entablar un combate entre los tres mejores luchadores de cada ciudad y así fue como acabaron luchando Horacios contra Curiacios. Evidentemente, y aunque solo sobreviviera uno, los Horacios vencieron y Roma se apoderó de Alba Longa.
En este nuevo imaginario hay un salto cualitativo: han desaparecido los símbolos religiosos, la devoción por las imágenes sacras, el sacrificio en esta vida por una vida mejor más allá de la muerte. La lealtad de los Horacios es para con Roma, en otras palabras, para con el Estado. No se trata de un sacrificio sagrado, no se muere por Marte, aunque a Marte se encomendaran. No se busca la salvación del alma. Ni siquiera la familia, representada por esas mujeres que lamentan la partida de sus maridos a la guerra, puede apartar a los Horacios de su deber supremo: la defensa de la ciudad. Al contrario, las mujeres asumen con serenidad y dignidad el deber que deriva de la condición de ciudadano (como nota a pie de página, interesante ver cómo David contrapone a la rectitud de los Horacios, a las diagonales que dibujan sus cuerpos, las formas casi etéreas, suaves y redondeadas de las mujeres en duelo).
Sobra decir entonces que esta mirada a la Roma Antigua no es solo una decisión estética, guiada por los paradigmas del neoclasicismo, heredero a su vez del imaginario renacentista, sino también una decisión cargada de ideología. Roma representaba, aún lo hace, la quintaesencia del republicanismo, transmitida a través de sus fervientes defensores, desde Cicerón a Tito Livio. Y aunque la historia de los Horacios haya que colocarla en un periodo arcaico en que la ciudad aún estaba gobernada por reyes, el mito está cargado de un profundo sentido de civismo. Siguiendo el razonamiento de Rousseau en el Contrato Social, que bebe en parte de otros grandes hitos del republicanismo, entre ellos la obra de Maquiavelo, el ciudadano que vive en paz dentro de los límites legales de la república se debe a ella y, en caso de amenaza externa, debe estar dispuesto a dar incluso su vida por defenderla, pues fuera de estos límites, de esta ley, el ciudadano no existe y su vida pierde todo sentido. Por eso, cuando Roma se encuentra asediada por Alba Longa, los Horacios gritan aquello de "Roma o Morte" (un grito que no en vano, aunque en otras circunstancias, recuperará tantos siglos después Garibaldi).
Si bien, este ideal de la virtud republicana no debe ser siempre entendido en una situación de guerra. Hasta aquí hemos hablado del extremo al que se puede llegar. Sin embargo, el Juramento tiene otras implicaciones que van más allá del simple hecho de morir por la Patria. El ciudadano vive por y para la república (entiendo aquí república como el cuerpo político conformado a partir de unas leyes comunes, no necesariamente como un régimen no monárquico). No se puede entender por lo tanto una vida al margen de la propia república, sin implicación alguna en la elaboración de las leyes, en la toma de decisiones. Se hablaría entonces de un ciudadano irresponsable y se podría justificar cualquier tipo de tiranía. El Juramento de los Horacios, con su imaginario guerrero, puede sonar desfasado en países como el nuestro, donde el conflicto bélico se ve como algo lejano y la amenaza de ser conquistados casi como una entelequia. Sin embargo, si estudiamos todas las consecuencias que emanan de tal juramento y de tal ideario, entenderemos que muchas de ellas nos reclaman acuciantemente.
No obstante, me estoy yendo de la idea principal. No pretendo sermonear con las virtudes de la vida republicana. Volvamos a los cuadros del Louvre. De nuevo con referencias a la Antigua Roma, David recupera la mítica historia de la llegada de la República. El personaje central es esta vez Lucio Junio Bruto, el célebre antepasado del asesino de César, que como pretendió este último, denunció las infamias del último Tarquinio, lo derrotó y liberó a Roma y a su Pueblo de la tiranía de los monarcas. Con Roma liberada y en medio de la difícil construcción del régimen republicano, a Bruto le fueron comunicadas las sospechas de una conspiración liderada por sus hijos. Dividido entre su amor familiar y su deber cívico, Bruto finalmente decidió que sus hijos fueran juzgados y asesinados. Y así nos lo representa David en Los lictores llevan a Bruto los cuerpos de sus hijos. A la derecha, la luz ilumina las figuras de su mujeres y sus hijas que gritan desconsoladas ante el horror. A la izquierda, sentado en la oscuridad, Bruto se nos muestra apesadumbrado pero sereno, firme en su decisión, sabiendo que ha hecho lo correcto.
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| Los lictores llevan a Bruto los cuerpos de sus hijos (Musée du Louvre, París) |
Este cuadro es de 1789, el año de la Revolución. Continúa, sin lugar a dudas, el ideario ya anunciado en el Juramento. Aparecen de nuevo el deber, la virtud republicana, eso que hoy llamaríamos el sentido de Estado. Desaparece la religión, la justificación de las decisiones en los designios divinos. Sin embargo, este cuadro y, aunque previo al Terror, parece anunciar también otras cosas. La libertad republicana se impone, la virtud se exige. Llevado al extremo, el ciudadano no existe, no tiene sentido por sí mismo fuera de los límites de la república. Entonces, aquel que se desvíe de la correcta vida republicana, la virtud, debe ser reconducido o, de lo contrario, aniquilado.
A esto también nos llevan Rousseau y todos aquellos que lo leyeron con devoción. Es tal el deber republicano que, como Bruto, la república puede matar a sus hijos. En este terrible cuadro de David se adivina, aunque no fuera de forma intencionada, el sufrimiento que traería el Terror. Para entonces, el sueño revolucionario de 1789 era un baño de sangre y, temerosa de su propia ruina, como Saturno, la joven Francia republicana devoraba a sus hijos. Unos hijos que paradójicamente eran también sus padres, aquellos que la habían traído, aquellos que habían luchado por ella y que lo habían dado todo por la causa. Luego, cuando Robespierre cayó en 1794, qué poco quedaba de lo que un día fue el vibrante club de los Jacobinos, de aquella Asamblea Constituyente que echó abajo el Antiguo Régimen durante una madrugada eterna de agosto de 1789, de aquellos tribunos de la Gironda, los hombres más brillantes y más elocuentes de su generación.
Los caminos que derivan del pensamiento republicano pueden ser fácilmente confundidos. Es tentador caer, para sobrevivir y mantener el poder, en la barbarie. No solo pensaron en Roma los republicanos franceses, también lo hicieron los desquiciados pensadores fascistas. Eso sí, de forma mucho más interesada y muy alejados de cualquier consideración cívica. Y, sin embargo, de forma torticera, es fácil que Mussolini hubiera utilizado el imaginario del Juramento como usaron el saludo y las enseñas de la República y del Imperio.
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| El Rapto de las Sabinas (Musée du Louvre, París) |
Se olvida fácilmente que la Revolución francesa tenía un tercer pilar, la fraternité. Y eso es lo que parece querer decirnos David en otro de sus grandes cuadros, también expuesto en la sala 75 del Ala Denon, El Rapto de las Sabinas. En medio de la pelea entre sus hermanos, padres y maridos, temerosas de perder todo lo que tienen, de quedar viudas y huérfanas, las sabinas se interpusieron entre ambos contendientes, pidiendo que acabaran la guerra. Y así fue como Roma, según el mito, llegó a un compromiso con los sabinos y se vivió, a partir de entonces, en paz. Es oportuna la fecha de este cuadro, datado en 1799, el año del cónsul Bonaparte, de Brumario y del retorno de la estabilidad. Tras muchos años de desorden, de sangre, de excesos, David parece clamar por la paz en la República francesa. Pero esa paz es algo más que el fin de un conflicto, exige cierto amor. Exige la fraternité, el cariño, los vínculos emocionales entre los miembros de la comunidad. Es esto, en último término y lejos de cualquier deber cívico, lo que impulsa a las sabinas a parar la guerra entre sus padres y maridos. Curioso que, entre tanto salvaje, las mujeres trajeran algo de cordura.
¿Es posible, por tanto, el ideal republicano sin estos vínculos, sin el cariño, sin la consideración? ¿Dónde quedan entonces los límites de la virtud republicana, de la imposición de la vida correcta? Parece claro que la República no tiene derecho a comerse a sus hijos, ni siquiera por razón de Estado, pues el ciudadano debe ser tratado de forma digna. Digamos, siguiendo la terminología ilustrada que los derechos no derivan de la ley, que son inalienables. Sin embargo, ¿cómo se puede armonizar este ideario con la doctrina republicana que establece la ley como fuente de libertad? A tal pregunta se ha intentado responder en múltiples ocasiones y es, sin duda, un asunto fundamental para entender la vida en comunidad. Quizás deberíamos explorar más la importancia de una educación sentimental colectiva, de establecer vínculos de respeto más fuertes entre los miembros de la civiltas, vínculos también, por qué no, de cariño. El deber cívico se debe exigir, pero, ¿a qué precio? Se ha escrito mucho sobre todo esto como para inferir conclusiones precipitadas. Dejo por lo tanto las preguntas abiertas. Quién sabe, quizás algún día encontremos las respuestas.



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