NOTAS DEL CUADERNO DE VIAJES PARA EL DÍA DE EUROPA
Los ríos. Siempre son los ríos. Fue en un río donde comenzó la civilización. Bueno, más bien, entre dos: el Éufrates y el Tigris. Porque es allí donde hay tierras fértiles para cultivar y, en consecuencia, donde se puede asentar una comunidad. Y una vez que dejamos de vagabundear por el mundo, recolectando frutos y cazando, y nos convertimos en aburridos seres sedentarios, pastores de ganado y agricultores, aparecen las ciudades. Con las ciudades nació la civilización y, aún hoy, podemos comprobar esta relación casi imprescindible. Praga y el Moldava. El Cairo y el Nilo. París y el Sena. Londres y el Támesis. Moscú y el Moscova. Roma y el Tíber. La lista sigue.
Los ríos siempre han tenido ese magnetismo, quizás porque son capaces de reflejar el cielo y los árboles de la orilla, nuestra propia cara. La realidad desdoblada. También, quizás, por aquel viejo dilema de los filósofos griegos. Nunca se entra dos veces al mismo río, que decía Heráclito. Esa agua siempre en movimiento, esa especie de camino al mar, que nace no se sabe muy bien dónde, y que trae la vida y la supervivencia. Nos gusta pasear junto a ellos, ya sea en ciudad o en el campo. Nos gusta sentarnos en su orilla, mojar los pies, bañarnos, o beber y picotear, como los bobos franceses en las noches de verano, con la Île-Saint Louis al fondo.
Por eso yo tampoco pude escapar al Rin, a su magnetismo alimentado por las miles de fábulas y leyendas míticas de su oro, de las Valkirias o de las oberturas de Wagner. Por eso, a orillas del Rin, con la catedral de Colonia a mis espaldas, uno se sentía diminuto e insignificante. Porque los ríos además, alimentan la historia y la cultura de las tierras que surcan. Estar junto al Rin, o junto al Sena, o junto al Tíber, es estar también junto a todos los que alguna vez, como tú, lo contemplaron y quedaron presos de su magnetismo. Es estar en el origen de las leyendas nacionales, de las canciones, de los poemas, de los sueños... De las fronteras.
Porque los ríos son también límites, cortan el paso, dividen territorios. Paseando por el Rin, en Colonia, pensé que, además, en su nombre están escritos los nombres de todos los soldados ya olvidados que murieron en alguna de las muchas guerras que se han luchado por el control de estas orillas. Porque cruzar un río es sinónimo de invasión, de guerra. No hace falta recordar la escena de Julio César junto al Rubicón. Y el Rin se ha cruzado muchas veces. Ya en tiempos de Luis XIV, el control de su orilla occidental, es decir, de Alsacia y Lorena, era fundamental para los intereses franceses. Una vez conquistados estos territorios, el monarca habría de cruzar el Rin en busca del Palatinado. Ciento cincuenta años después sería Napoleón quien lo cruzaría, en su camino a Viena. Y al hacerlo, derrotando posteriormente a los austriacos en Ulm, los territorios de la entonces desunida Alemania cayeron bajo dominio francés. Setenta años después, su sobrino, Luis Napoleón, habría de perder las tan ansiadas Alsacia y Lorena, tras una agria derrota en Sedán, contra esos mismos territorios de una Alemania, ahora sí, unida. Sin ser la Gran Guerra consecuencia exclusiva de esta derrota, el ansia de revancha siempre estuvo presente, incluso después de la firma del humillante Tratado de Versalles. En 1923, en plena crisis del marco alemán, sin que la joven República de Weimar pudiera pagar sus deudas, los franceses cruzaron una vez más el río para controlar militarmente las tierras del Ruhr, el corazón industrial de Alemania. Hitler, que tampoco olvidaría tal invasión, se lo recordaría años después a los humillados electores alemanes. El Rin es también la tragedia de Europa.
Pero hoy de todo aquello no queda más que una vaga sombra, alguna placa con los nombres de los caídos en las dos grandes guerras o antiguas fotos de Colonia bombardeada por la aviación aliada. Aunque uno quiera imaginarlo, al pasear junto al Rin, es imposible evocar la sangre y los cañonazos. Es imposible evocar el golpe firme de los ejércitos marchando sobre Viena, de los aviones británicos derrumbando los puentes, de los refugiados cruzando a uno u otro lado del Rin huyendo del horror. Es imposible porque hoy el Rin fluye tranquilo, serpenteante, por la llanura renana, dejando navegar barcazas de bandera holandesa o belga que transportan mercancías, seguramente, a los puertos de La Haya o de Amberes.
Y es que los ríos son también sinónimo de comercio, de viaje, de contacto entre países. Los ríos nos llevan y nos traen y con ellos podemos navegar a los pueblos vecinos y, de pueblo en pueblo, hasta el mar. El Rin siempre ha sido una vía comercial de primer orden en Europa occidental. No en vano, los primeros escritos formales de Derecho Internacional nacen a principios del siglo XIX en un intento por controlar y regular el comercio por estas aguas. Porque las barcazas holandesas y belgas siempre han recorrido este río. No podía ser de otro modo, hablando del corazón industrial y económico de nuestro continente. Hoy como ayer y, más que nunca, el Rin es ante todo una vía de comunicación y de comercio.
En este río están todas las contradicciones de Europa. Este continente nuestro que se ha debatido siempre entre convivir o destruirse. Que supo crear todo un entramado comercial e industrial a la vez que se lanzaba a una carrera armamentística para destruir al país vecino. Tanta sangre derramada por Alsacia. Tanta sangre derramada por una región que no difiere tanto climáticamente, ni geográficamente, de la región que se extiende al otro lado del Rin, Wurttemberg. No pueden ser tan distintas, entonces, las gentes que habitan ambos territorios. Ni el carácter, ni la cultura. Y, sin embargo... Entre tanta contradicción, no deja de ser curioso que Alemania y Francia provengan de esa misma unidad política, el Imperio Carolingio, que a la muerte de Carlomagno fue dividido en dos partes, siguiendo la línea del Rin. A un lado, el Sacro Imperio, agrupando 800 ciudades-estado de lo que acabaría siendo Alemania. Al otro, el reino de los Francos, cuya dimensión ha variado en función de las conquistas militares, de las herencias dinásticas o de los matrimonios reales. Muchos siglos después, el nacionalismo habría de enturbiarlo todo. No deja de ser curioso, tampoco, que uno de los padres de la Unión Europea, Konrad Adenauer, fuera oriundo de estas tierras, de Colonia, testigo de la destrucción y el horror de lo que algún día fue su hogar.
No deja de ser curioso, entonces, que entre tanta contradicción, entre tanta sangre, hoy crucemos este río sin los tambores de guerra de otros tiempos. Que hayamos conseguido, por primera vez, escuchar el silencio de los bosques misteriosos que se extienden a cada margen de río. Porque en realidad, el Rin es verdaderamente ese silencio, lo lleva en su misticismo, en el color de sus aguas y en el aura que deja a su paso a lo largo de más de 1200 kilómetros. Es un silencio que siempre debió existir, que siempre debimos buscar, y que tantas veces hemos acallado con nuestros himnos, con nuestras marchas de corneta y caja militar, con nuestros golpes de metralla, dejando por el camino el aliento último de tantas vidas que nunca pudieron conocer, verdaderamente, el nombre del Rin.
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| Mediante la Operación Plunder, los Aliados cruzaron el Rin en 1945 |
Y es que los ríos son también sinónimo de comercio, de viaje, de contacto entre países. Los ríos nos llevan y nos traen y con ellos podemos navegar a los pueblos vecinos y, de pueblo en pueblo, hasta el mar. El Rin siempre ha sido una vía comercial de primer orden en Europa occidental. No en vano, los primeros escritos formales de Derecho Internacional nacen a principios del siglo XIX en un intento por controlar y regular el comercio por estas aguas. Porque las barcazas holandesas y belgas siempre han recorrido este río. No podía ser de otro modo, hablando del corazón industrial y económico de nuestro continente. Hoy como ayer y, más que nunca, el Rin es ante todo una vía de comunicación y de comercio.
En este río están todas las contradicciones de Europa. Este continente nuestro que se ha debatido siempre entre convivir o destruirse. Que supo crear todo un entramado comercial e industrial a la vez que se lanzaba a una carrera armamentística para destruir al país vecino. Tanta sangre derramada por Alsacia. Tanta sangre derramada por una región que no difiere tanto climáticamente, ni geográficamente, de la región que se extiende al otro lado del Rin, Wurttemberg. No pueden ser tan distintas, entonces, las gentes que habitan ambos territorios. Ni el carácter, ni la cultura. Y, sin embargo... Entre tanta contradicción, no deja de ser curioso que Alemania y Francia provengan de esa misma unidad política, el Imperio Carolingio, que a la muerte de Carlomagno fue dividido en dos partes, siguiendo la línea del Rin. A un lado, el Sacro Imperio, agrupando 800 ciudades-estado de lo que acabaría siendo Alemania. Al otro, el reino de los Francos, cuya dimensión ha variado en función de las conquistas militares, de las herencias dinásticas o de los matrimonios reales. Muchos siglos después, el nacionalismo habría de enturbiarlo todo. No deja de ser curioso, tampoco, que uno de los padres de la Unión Europea, Konrad Adenauer, fuera oriundo de estas tierras, de Colonia, testigo de la destrucción y el horror de lo que algún día fue su hogar.
No deja de ser curioso, entonces, que entre tanta contradicción, entre tanta sangre, hoy crucemos este río sin los tambores de guerra de otros tiempos. Que hayamos conseguido, por primera vez, escuchar el silencio de los bosques misteriosos que se extienden a cada margen de río. Porque en realidad, el Rin es verdaderamente ese silencio, lo lleva en su misticismo, en el color de sus aguas y en el aura que deja a su paso a lo largo de más de 1200 kilómetros. Es un silencio que siempre debió existir, que siempre debimos buscar, y que tantas veces hemos acallado con nuestros himnos, con nuestras marchas de corneta y caja militar, con nuestros golpes de metralla, dejando por el camino el aliento último de tantas vidas que nunca pudieron conocer, verdaderamente, el nombre del Rin.

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