¿Qué era aquello de Educación para la Ciudadanía?
No es miedo, no. Es más bien tristeza. Las banderas nunca me han gustado como refugio político. El "último refugio de los canallas", que decía el doctor Samuel Johnson. Banderas, himnos, gritos exaltados y la palabra "nación". Me viene a la cabeza aquella canción de Carlos Cano, la de las madres locas, "cada vez que dicen "Patria" [...] me pongo a temblar." Pero temblar parece implicar miedo, y ya digo, no es miedo, es tristeza.
Tristeza por este país nuestro que a veces no reconozco. Cómo hemos llegado hasta aquí. En qué momento perdimos el rumbo, y el respeto y la responsabilidad. Cuándo derrapó España y se nos fue de las manos. Han salido estos días las declaraciones de muchos ciudadanos que acudieron a la manifestación del domingo. No entro en las consideraciones ideológicas, eso daría para otro artículo. Pero me entristece ver el desconocimiento de la política y de la realidad. Y de cómo un discurso cargado de falsedades puede calar en parte de la población. Hemos fracasado. España no ha sido capaz de construir una comunidad cívica. ¿Cómo se puede seguir considerando inconstitucional una moción de censura perfectamente constitucional? Y si no, veamos el artículo 113. ¿Cómo puede ser que jóvenes que han ido a la universidad, que han estudiado Derecho, digan que al Presidente del Gobierno no lo ha elegido nadie? Veamos el artículo 114. No critico que no se esté de acuerdo con la política del Ejecutivo. Eso es perfectamente legítimo y necesario. Ni quiero decir que el Gobierno sea puro y no haya cometido errores. Eso es otro asunto. Tampoco quiero criticar el hecho de que algunos ciudadanos hayan decidido acudir a la manifestación, porque defiendo ese derecho en cualquier circunstancia que la Constitución ampare. Pero no se puede faltar a la verdad. No se puede ir blandiendo como bandera política la Constitución y no conocerla. Quedarse con el artículo 2, el de la "indisoluble unidad de la Nación española" (olvidando por supuesto, que, en el mismo artículo, se "reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones") para luego olvidar, deliberadamente, los artículos 113 y 114. ¿Qué clase de constitucionalismo es ese? ¿Qué clase de democracia es aquella que se basa en las medidas verdades y, en ocasiones, en las mentiras completas? ¿Qué clase de periodistas son aquellos que leen un manifiesto cargado de errores, casi panfletario?
Uno podría echar toda la culpa a los líderes políticos. Pero yo también me considero responsable de este fracaso. Y como yo, tú, y el otro, y todos. Porque no podemos convivir en un país donde se ha abandonado el civismo. Ahora es cuando me acuerdo de aquella asignatura maltratada, a la que nunca se le dio una segunda oportunidad, y que conocíamos como "Educación para la Ciudadanía". Nadie le prestó mucha atención, ni se preocupó de que fuese una materia útil y eficaz, y, a las primeras de cambio, la encontramos en el cubo de la basura. Ni siquiera se ha vuelto a plantear entre las propuestas del nuevo Gobierno socialista. Una pena. Quizás, si hubiésemos prestado más atención en educar a los ciudadanos en el civismo, y en la política, y en el conocimiento de nuestro Parlamento, nuestra Constitución, que es la fuente de toda nuestra libertad ("Somos esclavos de la leyes para ser libres", que decía Cicerón), quizás, entonces, estas falsedades no se extenderían tan rápido. Quizás, así, podríamos debatir sosegadamente de Cataluña, y de los Presupuestos, y de la corrupción. Porque el tono no nos permite siquiera discutir las políticas. Porque estamos en una continua sobreactuación, exaltados, rasgándonos las vestiduras. No quiero ni pensar en qué Transición habríamos tenido si los líderes de aquel tiempo hubieran establecido este tono, y estas formas y esta falta de respeto.
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| El Juramento de los Horacios, de J.L. David, alegoría del civismo republicano |
Porque creo en este país, y porque formo parte de esta comunidad política, en estos días siento tristeza. Pero no me conformo con encerrarme en un pesimismo nihilista. Quiero que España reflexione, como ha reflexionado otras veces, en silencio, en calma. Y pido educación, educación cívica. No se puede vivir en un país que no se conoce. No se puede tener una Constitución cuyo contenido solo dominan los que han tenido que estudiarla (en ocasiones, ni siquiera ellos). Es necesaria esa noción republicana del ciudadano educado en el civismo, de la palabra, de la virtud. Necesitamos, más que nunca, esa "Educación para la Ciudadanía" que, sin ser la solución a todos nuestros males, al menos es una puerta para encauzar esta España nuestra que se ha perdido en sus quimeras. Pero de esto no se hablará hoy. Ni mañana. Y todos estarán pendientes de la Plaza de la Villa de París, de un juicio complejo, y de las declaraciones cruzadas de políticos que están inmersos en el juego político corto y en la campaña electoral permanente.

Gran artículo. Creo que en estas líneas has reflejado algo que muchas llevamos sintiendo desde hace tiempo. Desde que la política se convirtió en teatro (y los teatros están vacíos) tengo la sensación de que en esta obra hay dos protagonistas que tienen una relación simbiótica: los medios y los partidos nicho. Los primeros necesitan mensajes negativos, sensacionalistas, alarmantes para atraer al público. Los segundos usan esa técnica para publicitarse gratuitamente y subirse a lo más alto del escenario y recibir aplausos, atención y silbidos. Ambos actores juegan a las falacias, las medias verdades, a publicar los primeros sin informarse de la situación en su totalidad, a decir mentiras sobre el otro para ganar legitimidad y socabar la del contrincante. Ambos se nutren de las desgracias ajenas, de la desinformación, del ideal de democracia representativa (que asume que el ciudadano no tiene tanto tiempo para informarse, por lo tanto quien está activo en la política es el representante, que cumplirá con la voluntad del ciudadano). Pero tampoco me puedo quedar ahí y echar toda la culpa al teatro, pues estos no actuarían si no hubiera público. Al público le gusta la acción, los atajos informativos que te reducen los problemas complejos en una dualidad de buenos y malos, pro-Maduro, contra-Maduro, pro-Cataluña, contra-Cataluña. No nos educan para saber diferenciar entre información veraz y falaz, entre fuentes de confianza y artículos de Wikipedia, y el ser humano parece que "tira siempre a lo fácil", y lo fácil siempre es echar la culpa al otro y aceptar lo primero que viene sin contrastar la información. ¿Y cómo se cura esta enfermedad de desidia, desafección e ingenuidad? El artículo plantea la Educación para la ciudadanía como molde para cocinar una masa de ciudadanos cívicos. Yo también lo pienso, pero creo que deberíamos cambiar la receta. Yo tuve esa asignatura en la ESO y resultó ser una materia con objetivos prometedores y decepcionantes contenidos. Se nos enseñaban palabras tan bonitas como Libertad, Tolerancia, Diálogo, Teoría de la acción comunicativa... mientras se prohibía hablar de temas "polémicos" como el aborto, ideologías políticas y solamente se impartía religión católica. Desde mi punto de vista, una eduación para la ciudadanía no es una educación para formar soldaditos azules, rojos, morados o naranjas. Es cierto que cuando yo estudiaba la ESO, azul era el color de España. Educación para la ciudadanía tendría que tener una masa mucho más consistente, con más ingredientes, que no cambiara de color cada cuatro años, sino que se comprometiera e enseñar a razonar, debatir, argumentar y sobre todo, diferenciar entre información falsa y verdadera. Educación para la ciudadanía, aunque suene redundante, debería crear ciudadanos, y no espectadores de una obra cuyos personajes entretienen y se financian a costa del dinero y el tiempo del público. La polis debe ser activa, no pasiva, y debe darse cuenta de la fina línea que separa la realidad y la ficción. Aunque todo este caos y desconcierto político parecía una broma, ahora los actores ocupan escaños en los parlamentos y los teatros están vacíos. Abandonemos los sillones y ocupemos las calles, las clases, las universidades, los barrios, las oficinas, y pongámonos el carnet de ciudadanos. Ya habrá tiempo para ser espectadores.
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