La verdadera revolución

Madrid se despierta en otro 6 de diciembre frío, con un sol que, a pesar del incipiente invierno, abrillanta con fuerza las aceras. Otro Día de la Constitución que sucumbirá ante la pompa, la solemnidad de las conmemoraciones. Una fiesta laica, de las pocas de nuestro calendario, que siempre aparece tristemente eclipsada por otros días con más arraigo en la tradición. Y es que el 6 de diciembre debería ser nuestra fiesta nacional, el día en que la España de hoy nació definitivamente. Lo que muchos llaman proceso reformista, en nuestra Constitución, se cristaliza como una verdadera revolución. En nuestro 6 de diciembre está implícito el culmen de tantos siglos de lucha, de progreso y reacción, de paz y de guerra. En ella está la España liberal que tibiamente se esboza en 1812 y la España democrática que se levanta en 1868 y que muere rápidamente en el caos de la I República. Aquella España democrática, anhelada por tantos durante décadas, se intentará abrir paso en 1931, con el triste final de la II República y la desgraciada Guerra Civil, que aún recorre nuestras conciencias y nuestros miedos. Nunca había triunfado la democracia en este país de clausura y señorío, donde hasta los 70 aún quedaban pueblos sin agua y sin electrificar, donde la Edad Media, en las regiones rurales, aún permanecía. Por eso, el 78 se convierte en la verdadera revolución de nuestro país, y el 6 de diciembre, en una celebración de la libertad de la cual, durante siglos, se nos ha privado.

La Constitución de 1978 es un texto moderno. No queramos ver en él reflejos de una España reaccionaria. Ni siquiera la Monarquía, por muy antigua y muy tradicional que nos parezca, mantiene los poderes que en otro tiempo tuvo: más bien, lo perdió todo. No es esta, además, una Constitución con tintes neofranquistas, como algunos se esfuerzan en ver, como si esto no se tratase más que de una extensión de aquel régimen infame. En el 78 encontramos una España cuasi plurinacional, donde se reconocen los derechos de autonomía de esas "regiones y nacionalidades" -que es como decir naciones-, la diversidad que enriquece esta península y que forma parte de todos nosotros. Esto abre la puerta a un grado de descentralización que ni la República del 31, con sus Estatutos, fue capaz de imaginar. Ahí queda plasmada la pluma de las corrientes federalistas, de Jordi Solé, de los anhelos de tantas generaciones acalladas en los cuarenta años de dictadura. Más allá del consenso que esta Constitución supone, hay, por supuesto, un avance hacia un España cuyo modelo político es diametralmente opuesto al de la España que moría.

La Ponencia Constitucional
En consecuencia, la posición que cierta izquierda y el nacionalismo mantienen con respecto a la Constitución es un problema para nuestra democracia. La falta de símbolos que nos identifiquen y unan de forma común es uno de los grandes defectos de la construcción del Estado social y democrático de Derecho nacido en 1978. Esto supone, además, un riesgo. Los sectores más conservadores se convierten en los defensores de las esencias de España, de la democracia, de la Constitución. El 78, la España de todos, se convierte en la España de unos pocos. La defensa de este orden constitucional empezará a adquirir tintes conservadores si no somos capaces de transformar nuestro Estado, de reformarlo. Esto, unido a la aparente falta de voluntad por los cambios de los sectores conservadores hace peligrar la legitimidad de nuestro orden constitucional. Parece que la Carta Magna es un texto inflexible, una ley divina, casi despótica, que subyuga a los hombres y que los oprime. Cuando, como dijimos al principio, se trata de todo lo contrario. La Constitución es el primer elemento emancipador de los hombres, el famoso contrato social que habría de liberarnos y establecer la paz entre nosotros.

Es por ello que es necesaria una reforma constitucional, una reforma seria y honesta, dejando a un lado la búsqueda de réditos políticos. Nada es eterno y menos una Constitución. Precisamente el 78 permitió cambios sociales que hoy hacen necesaria un actualización del texto. Ni siquiera la Unión Europea está contemplada en nuestra Constitución. Por no hablar de la revisión a fondo que la organización territorial precisa: tanto las Autonomías como el Senado. Y la reforma constitucional no debería ser entendida como una amenaza al orden, a la unidad de España, a la democracia. Precisamente es esta reforma la que asegura la supervivencia de nuestra Constitución, el refortalecimiento de nuestra democracia, la frescura de nuestras instituciones, de nuestro Estado. Fue la inflexibilidad del régimen canovista la que desembocó en el caos del primer tercio del siglo XX, en un golpe de Estado y en una dictadura militar de diez años. Es el caso también de la Rusia zarista y la Revolución de 1917. Por las mismas fechas, en México, se iniciaba un largo proceso de violencia nacido de la rigidez del Porfiriato. La incapacidad para reformarse acabó con todos estos regímenes. Aunque hay una diferencia entre todos ellos y nuestra actual democracia: el nuestro, es un sistema con vocación transformadora, pues la Constitución debe acogernos a todos en un espacio común de convivencia, adaptándose a los cambios sociales y no al revés. La España de hoy precisa de una Constitución revisada y modernizada, con el objetivo de impulsar una democracia siempre en progreso.

Ahora, que ya se cierra la noche en Madrid, que las conmemoraciones hace tiempo que finalizaron, me pregunto dónde quedan todas esas buenas palabras. No convirtamos nuestro 78 en una pieza de museo, en una nostalgia más, ya hay suficientes. Actuemos verdaderamente para que esta democracia siga siendo la democracia fuerte que se levantó un 15 de junio de 1977 y que quedó para siempre protegida en los 169 artículos refrendados un 6 de diciembre tan frío como este. Y no olvidemos todas esas generaciones que nos precedieron y que supieron unir sus esfuerzos en la construcción de esta España que es la España de todos.



Comentarios

  1. En ella está la España liberal que tibiamente se esboza en 1812...¿Tibiamente se esboza en 1812? Se te van olvidando mis explicaciones de Historia...

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    1. Haré una enmienda. Obviamente es una Constitución plenamente liberal. El adverbio "tibiamente" se refiere a lo efímero de aquel periodo, que no permitió el establecimiento firme de un Estado Liberal y a la moderación con que el propio proceso se realizó. Corregiré la frase para que se entienda mejor.

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  2. Mirémonos por un momento en la Constitución USA de 1787. Vigente, viva y enmendada. Y siempre reformada hacia adelante, nunca hacia atrás!

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    1. Totalmente de acuerdo. No sé por qué se le tiene tanto miedo a la reforma. Es la única garantía de progresos y mejora de la democracia. Obviamente, habrá que ver hacia donde se reforma, pero es cierto que el inmovilismo no es nunca la solución. Adelante, siempre adelante!

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