España, el nacionalismo y los demonios de Biedma
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| Jaime Gil de Biedma |
Con estas palabras, a modo de introducción, quiero dar paso a lo que hoy nos ocupa: el nacionalismo. Los valores que impulsaron aquella Transición, bien representados en la Constitución de 1978, hoy se tambalean. Cuando, por una vez, nuestra historia acabó bien, el paso del tiempo nos demuestra que los finales felices son efímeros. Por ello, vuelvo a pensar en aquel poema de Biedma y siento cómo muchos de sus versos podrían aplicarse al momento actual. Sin querer equiparar lo que hoy nos está pasando con la España de hace cincuenta años, siento esa preocupación lógica de que todo puede ir a peor
Nuestros demonios, que creíamos desaparecidos, siguen ahí. El nacionalismo periférico, que ya desestabilizó la Segunda República, primero con Macià, luego con Companys, fue una de las causas principales de la Guerra Civil. El miedo del Ejército y de los reaccionarios a la independencia de Cataluña, hizo que, unido a la intransigencia de ERC, los sectores más conservadores desconfiaran de la joven república y de la izquierda que había impulsado el Estatuto de Autonomía. Franco, luego, impondría un nacionalismo español centralizado, católico y tradicionalista, prohibiendo las lenguas de aquellas regiones y reprimiendo cualquier impulso identitario. Curiosamente, la entrada del dictador fue aplaudida y vitoreada por la burguesía barcelonesa. Esa misma burguesía que luego se integró en las listas electores de Convergencia.
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| Francesc Macià |
Un análisis pausado de la historia española nos muestra fácilmente que el nacionalismo y el ordenamiento territorial han sido dos de los grandes componentes de todos nuestros conflictos. Una tarea constantemente inacabada desde finales del siglo XIX. El Estado de las Autonomías aspiraba a cerrar un capítulo muy amargo. A día de hoy podemos concluir que, muy a nuestro pesar, este modelo territorial ha fracasado, al menos, parcialmente. El orden constitucional, en una de las peores crisis de los últimos cuarenta años -por no decir la peor-, se ve amenazado por un nacionalismo catalán que recuerda a ciertos episodios lamentables de la República. De nuevo, aparece ERC como el principal impulsor de las tesis independentistas: primero fueron las balanzas fiscales y el "España nos roba" -parece mentira que algo así venga de un partido que se dice republicano y de izquierdas-, luego la apropiación del concepto "democracia" y, finalmente, la intransigencia, desde "Junts pel sí", por alcanzar la independencia. Aunque la antigua Convergencia, hoy PDeCat, fuera el iniciador de este proceso, hoy se ve claramente que el asunto se les ha ido de las manos: un Puigdemont sobrepasado, un partido en horas bajas en las encuestas y unas élites económicas (principales votantes de este partido) que se bajan del tren a la vez que la élite política se esconde tras el ruido. ¿Dónde está Pujol, el arquitecto del nacionalismo catalán moderno? Poco se sabe del paradero de Mas, más allá de que fuera a votar el domingo.
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| La Diada en Barcelona |
Los conceptos en los que se basa el nacionalismo son tan subjetivos que se hace imposible construir un Estado o un espacio de convivencia democrática a partir de los mismos. El Pueblo, la identidad nacional o la autodeterminación son concepciones etéreas, muy lejanas de los fundamentos del Estado, nacido de una abstracción racionalista largamente reflexionada a lo largo de más de trescientos años, desde Hobbes hasta los arquitectos del Estado de Bienestar. Por ello, prefiero una fundamentación del Estado en términos republicanos, conceptos como la Constitución, el Estado de Derecho, la democracia o la transnacionalidad y el multiculturalismo. La identidad nacional es difícilmente definible. No puede ser esta la base para dar lugar a un Estado. El gran error del nacionalismo, como ya ha apuntado en alguna ocasión Josep Borrell, es concebir que la Nación crea el Estado cuando, en realidad, se trata de todo lo contrario: es el Estado quien genera la Nación.
Por otro lado, y como en otras ocasiones he defendido, el nacionalismo es un distorsión de la realidad social. Se toma al Pueblo como unidad, se convierte a los políticos de esa ideología en mensajeros, intérpretes y guías de la comunidad (algo que le sirvió mucho al fascismo a la hora de construir sus discursos) y se divide a la sociedad, diferenciando a los "nuestros" de los "otros" (una piedra de toque fundamental para alimentar el racismo y la xenofobia). El nacionalismo, en su camino hacia el Paraíso perdido, deja de lado los problemas de clase, los cuales existen independientemente de las fronteras y de las naciones. Todo ello está más detalladamente explicado en entradas previas de este blog.
Sin embargo, y a pesar de mi disconformidad con esta concepción ideológica, hemos de asumir que los sentimientos existen, que hay gente que se ha ido alejando de España en estos últimos años y hay que darles una respuesta. Un gobierno no puede quedarse de brazos cruzados mientras se produce un fenómeno de esta magnitud. El Estado no se ha preocupado, a diferencia de países como Francia o Alemania, de crear una identidad nacional en términos republicanos. Las instituciones no han sabido armonizar las diferentes sensibilidades culturales e identitarias. Al menos, no las de regiones como País Vasco o Cataluña. Es una tarea fundamental preservar el espacio de convivencia democrática y aunar esfuerzos para que todos los ciudadanos se sientan cómodos dentro de la realidad de la misma. No se ha abogado por el diálogo, que es la responsabilidad última de cualquier político. La democracia existe para alcanzar soluciones consensuadas y pacíficas. Al contrario, la pasividad del Gobierno ha llevado a la claudicación ante ideas ideas infundadas sobre la autodeterminación, la España que roba y la Cataluña reprimida y despreciada. Aunque, por cierto, no hay mayor desprecio por los ciudadanos que utilizar la televisión pública para sesgar las opiniones políticas, que tergiversar la historia y manipular la educación para generar un sentimiento de repulsa hacia todo lo que suena español, que unificar toda la diversidad de una sociedad bajo la vaga y peligrosa idea de un Pueblo. No creo que ninguno de los que dicen estar del lado de las gentes de Cataluña se haya parado a pensar esto detenidamente. De haberlo hecho, solamente demuestran su bajeza moral.
La mediocridad de unos políticos irresponsables, la intransigencia de una sociedad enconada y el desprecio de las opiniones matizadas y moderadas nos han llevado a un escenario sin precedentes en nuestra joven democracia. Ni siquiera voy a entrar a discutir los términos en que la Generalitat ha llegado a este referéndum, son inasumibles en una democracia. Sí quiero hacer énfasis en el fracaso que supone toda esta situación para España en su conjunto. Esto es un fracaso colectivo. Los problemas del país son, en realidad, los problemas de todos.
El asunto catalán es otra muestra más de que sí que importa quién esté al frente de un gobierno, de que existe el mal menor, de que no todos son iguales. Lo acaecido en Cataluña el domingo me ha hecho volver a pensar en el poema de Biedma. Otra vez, las calles se han revestido de banderas y de sentimientos descontrolados, de gritos fascistas y de proclamas de odio. Había imágenes que parecían de otra época.
Esa no es la España por la que se luchó tantos años, ese no es el país que otros soñaron, desde cárceles más sucias, desde casas más hambrientas y desesperadas, bajo el yugo de gobiernos más despóticos. No es el país que Biedma reclamaba en su poema, el que expulsó a sus demonios, al mal gobierno y a la pobreza: la España de los hombres libres.
Al contrario, este es el país de los abogados de Atocha, de Sánchez Albornoz llorando de emoción a su regreso a Madrid, de Alberti entrando en el Congreso como diputado. Este es el país que se levantó vigoroso un 15 de junio y votó libertad. Esta es la España que, en la figura de Adolfo Suárez, de Santiago Carrillo y del General Gutiérrez Mellado permaneció impasible ante los disparos y los gritos del fascismo, dando la mejor lección de determinación y compromiso democrático que se puede dar.
Vuelvo a pensar en Biedma, porque temo que este país se pierda, como tantas veces, en sus propios demonios, que olvide su Historia, que subestime el peligro que encierra el enfrentamiento. Acabo por ello, con los últimos versos de este poema que me obsesiona últimamente y que, hoy, encuentro más necesario que nunca:
Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.



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