Por una izquierda con perspectiva internacionalista

Está en los genes de una gran parte de la izquierda la defensa de los nacionalismos, la simpatía por el derecho de autodeterminación bajo cualquier circunstancia y la entrega total y absoluta del programa reformista a los vaivenes de causas mesiánicas y utópicas. No estaría mal todo esto si tales fines llevaran a sociedades más justas, a democracias más fuertes o a progresos en el bienestar general. Sin embargo, el nacionalismo ha conducido, en su mayoría, a sangrientos conflictos, a divisiones fratricidas y a extremismos ideológicos. En definitiva y, como decía Mitterrand, el nacionalismo es la guerra. Por ello, encuentro incomprensible esta apasionada defensa de las proclamas patrióticas que tanto realiza la izquierda. Una izquierda que, a menudo, pierde su perspectiva internacionalista, aquella que bebe de los ilustrados, de Marx y de hasta los más fervorosos revolucionarios comunistas. Desde una concepción marxista, la miseria no entiende de fronteras y hay que combatirla de manera universal. 
Quisiera, antes que nada, realizar una breve aclaración sobre el nacionalismo. No me refiero aquí a aquella concepción liberal que entendía el país como una unidad soberana, Estado-Nación, y que convertía a sus habitantes, antes siervos, en ciudadanos. Este concepto nacionalista, tan importante, por ejemplo, en la Revolución Francesa de 1789, es necesario e imprescindible para la construcción de la democracia, para pasar de un individualismo egoísta a un comportamiento fraternal y solidario. Es, en definitiva, lo que hoy entendemos como civismo o ciudadanía, bien resumido en aquella frase legendaria de Kennedy: "No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros. Preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país." Sin estos valores, nuestras jóvenes democracias (las más antiguas cuentan con doscientos años, lo cual es nada) no podrían subsistir.

Kant, uno de los principales impulsores del cosmopolitanismo ilustrado

Sin embargo, este civismo republicano se diferencia bastante bien de lo que hoy entendemos por nacionalismo. Este es el resultado de la apropiación, por parte de los sectores más derechistas, de aquella concepción inicial, dotada de un alma más reaccionaria, tradicionalista y xenófoba. Fueron los conservadores los que se apropiaron de los símbolos nacionales. Los que utilizaron la cultura y las costumbres de la nación para defender sus propios intereses. Aquellos que encontraron en el nacionalismo el pasto perfecto para justificar las injusticias, enardecer los sentimientos más primitivos y extender el odio entre los grupos sociales, dentro y fuera de sus países. Y es ahí, en esa mezcla de nacionalismo y de reacción, donde parece encontrarse tan cómoda, a menudo, parte de la izquierda política. Es, además, este pensamiento, una de las causas fundamentales de las grandes rivalidades europeas a finales del siglo XIX. Un nacionalismo feroz que empujará a las grandes potencias a dos guerras mundiales (sin ser la única razón de estos conflictos bélicos es, sin duda, una de las más importantes). Esto, que puede sonar muy antiguo en la Europa pacífica de hoy, se ha visto reflejado en conflictos mucho más recientes. No hace falta viajar fuera de nuestro continente para encontrar, en los años noventa, una de las guerras más salvajes del último siglo: la Guerra de los Balcanes. El nacionalismo, unido a las rivalidades religiosas, provocó, en la moribunda Yugoslavia, un derramamiento de sangre que sacó a la luz, de nuevo, los peores fantasmas de la historia europea.
Sarajevo arrasado
No obstante, dirán algunos izquierdistas que ellos defienden el derecho de autodeterminación, en lugar de aquellas proclamas más reaccionarias y rancias del nacionalismo conservador. Sin embargo, su discurso se construye en torno a la errónea idea de que cualquier grupo que sienta una particular identidad nacional puede acabar por convertirse en sujeto político soberano. Como tal, adquiere el derecho de autodeterminación y puede conseguir su independencia. Pero, esto, no parece recogerse en los  organismos internacionales. Sin ir más lejos, las Naciones Unidas solo lo aplican a aquellos territorios que fueron o son colonias, que están ocupados militarmente o que no disfrutan de las garantías democráticas. Ninguna de estas es la situación de las regiones europeas que reclaman la independencia. La izquierda busca aquí la defensa de la democracia y de los Derechos Humanos. En cambio, no provoca más que el debilitamiento del Estado de Derecho y de las instituciones que lo garantizan.

Pero, volvamos al contenido ideológico. Como dije al principio, la izquierda viene de una tradición internacionalista, donde el nacionalismo es entendido como un concepto dañino para la clase obrera, una idea burguesa que divide a los trabajadores y a los partidos que los defienden y que perpetúa la miseria y la opresión. Así lo entendía Marx y, hasta cierto punto, parece seguir siendo de este modo. 
No obstante, las consecuencias de la doctrina nacionalista son aún más graves. No solo se divide a las clases más desfavorecidas, sino que se las abandona, al entregar demasiada energía a la causa de la nación, en vez de dedicarla a las reformas socio-económicas necesarias. Al entrar en una dialéctica de enfrentamiento social, el contexto político es zarandeado, las instituciones, dañadas y el Estado, debilitado. En tiempos de crisis, cuando más necesario es tener un Estado fuerte, es cuando la izquierda más radical se pierde en aquellas proclamas independentistas, en su enésima claudicación frente a los poderes fácticos y las clases acomodadas y en su perpetua búsqueda de los paraísos terrenales, que si no llegan por la vía revolucionaria, llegarán por la independencia de tal o cual región. Es por ello que hay que defender Estados fuertes y equilibrados, capaces de acometer las labores más delicadas de sostén de las clases desfavorecidas y de redistribución de la riqueza; de reformar las leyes para dinamizar el empleo o el consumo; de sostener la recaudación que permita seguir financiando los bienes públicos, la educación, la sanidad o la dependencia; de fomentar la transformación energética para luchar contra el cambio climático... ¿Acaso cualquiera de estas iniciativas dependen del sentimiento nacional?
Marx en La I Internacional
Y es aquí donde el discurso transformador de la izquierda empieza a perder todo su contenido. Es al anteponer el sueño nacionalista a las necesidades de los trabajadores donde la ideología da paso a la irracionalidad. En el olvido queda Marx, 1789, los ilustrados, la I Internacional, el cosmopolitanismo kantiano... Todos aquellos ideales, que nos han permitido progresar hacia un mundo y, en concreto, una Europa, más pacíficos, se ven atacados por sus propios hijos. Aquellos que buscan la izquierda más pura y más verdadera, pronto caen en las garras de los fervores patrios, frivolizando las causas justas y necesarias que antes han defendido, y perdiendo toda credibilidad ante unos ciudadanos que los necesitan y que están hastiados. Es por ello que defiendo una izquierda con perspectiva internacional; una ideología que prevenga la guerra que el nacionalismo siempre ha de causar; un programa político reformador, con aspiración universal, que busque, ante todo, la creación de espacios de convivencia pacífica y la estructuración de democracias firmes; un impulso de civismo y de tolerancia en pos del progreso humano y de aquellos valores, ya manidos, pero no por ello menos importantes, de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad.

A modo de conclusión, me viene a la cabeza aquel pasaje inolvidable de Las Uvas de la Ira de John Steinbeck, donde, al despedirse de su madre, Tom Joad le declara: "Porque yo estaré en todas partes, en todas partes donde quiera que mires. Donde exista una posibilidad de que los hambrientos coman, allí estaré. Donde exista un hombre que sufra, allí estaré. Y estaré en la risa de los niños cuando sientan hambre y la cena esté ya preparada. Y cuando los hombres coman de la tierra que trabajan y vivan en las casas que levanten, allí también estaré..." ¡Con razón alguien dijo que todo se puede encontrar en los libros!

Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo con el anàlisis. Fichte, Herder ...tenia un objetivo claro: la unificación de Alemania, para convertirla en un Estado fuerte. Curiosamente, el pangermanismo bebe en las mismas fuentes que el paneslavismo pero sus nacionalismos disgregadores permitían el engrandecimiento de Alemania y el control económico de los Balcanes. La izquierda nacionalista es tonta, en el sentido de iletrada, pues todos los nacionalismos culturales sirven a las elites económicas o culturales de un zona elevarse a la categoría de elites políticas. Creen que banca imponer un modelo social una vez consigan el poder pero la experiencia histórica es que son los partidos o movimientos políticos de derechas los que lideran el nuevo Estado y no la izquierda. Pobres ilusos!

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    1. Te respondo con algo de retraso. Esto de irse fuera de casa en vacaciones nunca estuvo bien... Me parece bastante acertada la apreciación sobre el pangermanismo. Es muy diferente ese nacionalismo que impulsó la unificación alemana de este otro nacionalismo regionalista y secesionista surgido a finales del XIX, presente en Cataluña y País Vasco pero, también, en partes de Bélgica o, más recientemente, en los Balcanes. Entiendo, a su vez, el argumentario de la izquierda nacionalista, pero, como bien dices, en una hipótetica independencia, las relaciones de poder continuarán siendo las mismas. El objetivo de la izquierda es trastocar estas relaciones de poder para transformar la sociedad. Creer que mediante la defensa del nacionalismo se va a conseguir esa revolución es una ingenuidad. Los principales impulsores de estos nacionalismos, como dices, suelen ser élites económicas en busca de mayor poder político: fue la burguesía catalana la que desarrolló esta deriva independentista ya con Cambó a principios del siglo XX. Fue Sabino Arana el fundador del PNV, quien no peca de proletario. Si el norte de Italia busca la independencia es porque son más ricos que el sur, pero no pueden administrar esta riqueza como les gustaría pues no cuentan con el suficiente poder político para hacerlo. Etcétera, etcétera. Esta no es, desde luego, la lucha de la izquierda y es una pena que se pierda una y otra vez en estas quimeras...

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  2. Perdón por los errores tipográficos pero es desde un movil

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