Notas desde la tumba del presidente Azaña

Frente a la tumba de Manuel Azaña apenas se escuchan unos pocos pájaros y una brisa que mece, mansamente, los cipreses. Mucho más modesta que los grandes túmulos que la rodean, difícilmente parece la tumba de un Jefe de Estado. "Paz, piedad, perdón". Una placa nos recuerda aquel mítico discurso del presidente en los estertores de la guerra, mientras una bandera republicana descolorida ondea en el árbol que nos da sombra. Azaña murió un año después de la derrota definitiva de la República, como si los destinos del presidente y del régimen hubieran estado unidos. Como si la vida del que fuera Jefe de Estado no tuviera más sentido tras aquel amargo final. El breve exilio de Azaña fue duro, vagando de acá para allá por el sur de Francia, de Burdeos a Toulouse para, finalmente, fallecer a escondidas en Montauban. No es extraño que la vida del presidente se deteriorara rápidamente. Sin embargo, a mí me gusta pensar que Manuel Azaña murió de pena, al igual, quizás, que Machado, algo más al este, en la costa mediterránea. 

A uno le vienen muchas cosas a la cabeza cuando se planta delante de esta tumba. Por un lado, se podría pensar en el personaje, en su biografía, en el mito. Me viene a la cabeza una foto aparecida recientemente en la que vemos al presidente jugando al ajedrez. El encuadre nos impide apreciar a su oponente, si es que lo hay. Esta imagen siempre me ha parecido la que mejor lo retrata. Un hombre solitario, frente al tablero, sin apenas atreverse a tocar las piezas, concentrado en los posibles movimientos. Porque en soledad acabó Azaña su carrera política, odiado desde hacía tiempo por la derecha; incomprendido, quizás, por la izquierda más revolucionaria. Su dimisión y su posterior exilio permitió a sus oponentes tildarlo de cobarde. Sus ideales, sus fuertes convicciones, sus dudas condenaron, en parte, a la República. Del optimimso inicial, que lo llevó, por ejemplo, a defender la autodeterminación catalana, Azaña fue adquiriendo mayores tintes de pesimismo y desengaño, como bien demuestran sus críticas al nacionalismo catalán, especialmente durante la Guerra Civil. Es Azaña el ejemplo perfecto del republicano español burgués y reformista; el intelectual convencido y comprometido; el político errático, condenado por sus propios ideales; el escritor pomposo, el orador más elocuente; el hombre escéptico azotado por la vida, la voz directa y desgarrada, como demuestran sus diarios. Sin embargo, siempre existió en él esa conciencia reformadora, en busca de una España más moderna, democrática y europea. Azaña debería ser un referente para todos los que creen -los que creemos- en la democracia, en las libertades, en el progreso. Esta es la memoria que a los franceses les sobra, que honran y que protegen. Es esta la memoria que a los españoles nos falta, de la que renegamos y que condenamos al olvido más miserable. Y, sin duda, es la memoria histórica un pilar fundamental de las democracias, esencialmente cuando estas han sucedido a una dictadura. Una terapia social que, realizada en muchos países latinoamericanos y centreouropeos, nos ha faltado durante cuarenta años a los españoles. Y, por lo que parece, nos seguirá faltando.

Por otro lado, frente a la tumba de Azaña, uno no puede evitar recordar la II República y la guerra que se la tragó. Se podría pensar, por ejemplo, en las reformas fallidas de la izquierda durante el primer bienio, en la contrarreforma reaccionaria de la CEDA, en la unidad impostada del Frentre Popular, en el golpe del 18 de julio, en las matanzas de los africanistas en su marcha hacia Madrid, en el caos de las milicias izquierdistas durante los primeros meses de la guerra, en la inestabilidad de los gobiernos republicanos... Es indudablemente desgarrador ver cómo el sueño republicano del 14 de abril se convirtió en el baño de sangre fratricida del 18 de julio. Sin embargo, no creo que esto sea consecuencia exclusiva de una singularidad española. La guerra civil parecer ser otro de esos conflictos entre democracia y autoritarismo que se desarrollaron en Europa desde 1918 y que culminan con la II Guerra Mundial. Nuestra República se encuadra perfectamente en  el contexto europeo de la época. Como bien supo ver Negrín, la guerra civil no era más que la antesala de una guerra europea entre el fascismo y las democracias occidentales. Por ello, no sería correcto culpar a aquella República de una guerra civil que fue, en realidad, un guerra más entre reacción y progreso.
Por otro lado, que España necesitaba una reforma urgente es algo palpable. El país llevaba sumido en una crisis institucional desde 1898, agravada por la Guerra de Marruecos, la corrupción política y los acuciantes problemas de la tierra. Era este un país en crisis continua que no había solventado problemas de base del siglo XIX, como la relación Iglesia-Estado, el jornalerismo o el ordenamiento territorial. Un país sin apenas industria, latifundista, tremendamente atrasado tecnológica y culturalmente. Aquí subyacía de manera notable la tradición, impidiendo el desarrollo de las zonas más rurales y la mejora de la situación de los campesinos. La economía, a trompicones, ni siquiera fue capaz de aprovecharse de los beneficios de la neutralidad durante la I Guerra Mundial. España era hija de un siglo XIX caótico, sumido en numerosas guerras y generalmente dominado por los sectores más reaccionarios. A diferencia de Francia o Inglaterra, que habían sabido contruir un estado liberal bastante más sólido y que, poco a poco, iban caminando hacia un estado plenamente democrático, España no terminaba de solidificar las bases de un país fuerte, aún con muchos problemas por resolver y con una clase política  absolutamente ineficaz.
Por ello, tras la llegada de la II República en 1931, la izquierda se propone llevar a cabo un programa reformista general. Se atacarán los principales frentes de urgencia: la reforma política y la democratización, el jornalerismo, la educación, el papel de la mujer en la sociedad, la relación Iglesia-Estado, el problema territorial, la situación de los trabajadores urbanos... Podemos entrar en numerosos debates sobre la eficacia de estas medidas o sobre la manera en que se aplicaron, pero no creo que sea correcto negar su necesidad y la intención reformadora y progresista de los que las aplicaron. Si culpamos de radicales a aquellos que las diseñaron, no debería temblarnos la mano al señalar de reaccionarios e intolerantes a esos sectores de la sociedad que desde el primer momento se opusieron a la reforma del país. Una vez llegada al poder la CEDA, de la mano de Lerroux, se puso en marcha una auténtica contrarreforma que, como decía Azaña, se llevó por delante todo aquello que significó alguna vez republicanismo. Nos sorprendería saber que muchos de los valores que impulsaron la Constitución de 1931 o las reformas del primer bienio están hoy recogidos en nuestra Carta Magna, en nuestras leyes y muy presentes en nuestras propias convicciones. Por ello, mantener una posición equidistante con respecto a lo que significaron República y Franquismo es un verdadero favor a la dictadura: nunca se debería equiparar un régimen democrático -con todos los defectos que pueda tener- con  una dictadura a medio camino entre el fascismo y el autoritarismo.

Mientras, el viento fresco sigue removiendo los árboles alrededor de la tumba. Azaña, finalmente, descansa en una Europa en paz. Me entristece pensar la manera en que este hombre murió, tan lejos del país, tan solo. Pensar que se despidió del mundo cuando aún el final de la II Guerra Mundial se veía lejano, con el fascismo en ciernes y con la democracia en retirada, apenas sobreviviendo el otro lado del canal de la Mancha. Hoy, en estos países que vieron como todo se derrumbaba, se ha contruido un espacio de libertad y de convivencia que difícilmente se hubiera imaginado en 1940. Por ello, hoy más que nunca, hay que saber honrar la memoria de tantos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, supieron luchar incasablemente, dejar todo lo que tenían, sacrificar incluso sus vidas, por alcanzar ese sueño, siempre lejano, de la democracia. Y, entre tantos hérores anónimos, se alzan, eventualmente, nombres fundamentales como el de Manuel Azaña, auténticos referentes del progreso y la civilización, de todo lo que hoy consideramos correcto y necesario, símbolos de una Europa libre y en paz.

Comentarios

  1. Azaña, el verdades Azaña, está aun por conocer. Yo no soy ni de lejos un experto pero me llamo la atención la lectura de sus memorias políticas. Un hombre que despreciaba tanto a sus rivales políticos como a sus correligionarios, mostrando una soberbia que le nublo su capacidad política. Fue de error en error pensando que sus ideas y sus acciones era correctas y necesarias pero se. Cabreo a la Iglesia y a los militares y, por derivación, a una parte de la sociedad española. Cabreo a la izquierda marxista y anarquista porque, como buen burgués, la despreciaba. Cometió errores mayúsculos como postular se como presidente de la República en un momento en que era clave como presidente del gobierno. No sé claramente si fue un rasgos de la egolatría,que siempre mostró o un mal cálculo buscando un pacto con los socialistas. Desdibujado en la guerra, su figura no aporto nada. Y sabiendo que la,República iba a perder, escribir ese discurso ñoño contra uno de los autoritarismos mas terribles de Europa y huir, cuando debió quedarse, ser detenido y condenado a muerte para que las democracias europeas hubieran visto el talante de Franco y se hubieran movilizado,dice poco de él como estadista. Para mi, es el ejemplo más palmario del fracaso republicano, de la escasa visión política sacrificada por no salirse del guión reformista. Los franceses son muy amantes del pomposo recuerdo -ayer mismo la alcaldesa de París a los españoles de la 9°- pero se olvidan de cómo nos dejaron en la estacada, amedrentados por Hitler y por la torpeza británica, y cómo nos trataron a los miles de exiliados, muchos de ellos entregados a las fauces más terribles del nazismo...En fin, recordar a Azaña pero con escepticismo.

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    1. Recordar a Azaña, pero con escepticismo. Me quedo con esas palabras. Por supuesto que el personaje siempre difiere mucho del hombre. La vida por detrás del escaparate es muy distinta. No niego ninguno de sus defectos ni intento hacer de él la figura ideal que irónicamente desde la izquierda más radical se intenta ofrecer. Los mismos que demonizan y tanto critican a los socialdemócratas se permiten encumbrar la figura de Azaña, que de comunista y revolucionario tenía poco. Bueno, en definitiva, no hay que confundir las cosas. Pero, si algo le reconozco a Azaña, es el sentimiento republicano. No exclusivamente el hecho de defender un Estado sin Rey, sino el concepto de republicanismo de una manera más extensa. Es decir, la defensa de ese conjunto de valores cívicos que en definitiva conforman las democracias. Es muy difícil ser juez de la Historia y no quiero permitirme una arrogancia así. Por ello, a estas personas que vivieron una guerra civil, una España dividida y radicalizada, el ascenso del fascismo, dos guerras mundiales y varias crisis económicas desbastadoras, no quiero tampoco dar lecciones desde un futuro tan cómodo. Hay que saber reconocer qué se hizo bien y mal y sus responsabilidades, pero siempre entendiendo la dificultad de los tiempos y revalorizando aquellas cosas grandes que pudieron llegar a defender. Es importante, creo, conservar, de vez en cuando, símbolos y referentes.
      Por otro lado, es cierto que Francia podría haber hecho mucho más durante la guerra. Como digo Francia, digo todas las demcoracias. Sin embargo, es también cierto, que los franceses, como tantos otros países europeos, han sabido desarrollar una terapia de condena al fascismo y de memoria histórica que en España nos sigue faltando. Sería inimaginable, por poner un ejemplo, encontrar una calle Pétain en las ciudades galas. En cambio, todas las capitales poseen centros de memoria de la Resistencia y de la Deportación y numerosas referencias en sus callejeros a verdaderos héroes nacionales como Jean Moulin o Charles de Gaulle. Creo que es algo que hay que reconocerles y que el periodo post-guerra y post-dictadura no tiene nada que ver con el español (sin querer por ello criticar procesos como la Transición).

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