Notas desde la tumba del presidente Azaña
Frente a la tumba de Manuel Azaña apenas se escuchan unos pocos pájaros y una brisa que mece, mansamente, los cipreses. Mucho más modesta que los grandes túmulos que la rodean, difícilmente parece la tumba de un Jefe de Estado. "Paz, piedad, perdón". Una placa nos recuerda aquel mítico discurso del presidente en los estertores de la guerra, mientras una bandera republicana descolorida ondea en el árbol que nos da sombra. Azaña murió un año después de la derrota definitiva de la República, como si los destinos del presidente y del régimen hubieran estado unidos. Como si la vida del que fuera Jefe de Estado no tuviera más sentido tras aquel amargo final. El breve exilio de Azaña fue duro, vagando de acá para allá por el sur de Francia, de Burdeos a Toulouse para, finalmente, fallecer a escondidas en Montauban. No es extraño que la vida del presidente se deteriorara rápidamente. Sin embargo, a mí me gusta pensar que Manuel Azaña murió de pena, al igual, quizás, que Machado, alg...